Un hombre profundo

Amante de la naturaleza y del buceo de largas cuevas subacuáticas en México, Germán Yáñez nos dice cómo dejar el miedo atrás para adentrarse en lo desconocido.

Exploradores de cuevas hay muy pocos, pero el título del primer instructor mexicano de espeleobuceo le corresponde a Germán Yáñez. Tal “deporte”, más que ser una competencia (no lo es para él) es un medio para hacer lo que le apasiona: descubrir nuevas especies animales y “estar donde ningún otro humano ha estado”.

Es lo más cercano que tenemos a la exploración del espacio exterior. Si bien los astronautas que hayan estado más allá de nuestra atmósfera llevan ese hecho como una insignia durante toda su vida, Germán apenas logra reconocimiento público. Pero lo que lo mueve está lejos de eso. A 100 metros de profundidad en el agua, donde nadie lo ve, su mente se regocija al preguntarse: “¿Qué demonios es esta

especie que tengo frente a mí?”.

El reconocimiento lo tiene en mayor medida entre la comunidad científica, por sus descubrimientos. Pocos hablan de lo que se requiere para estar allí, en un lugar inhóspito por un tiempo prolongado, sin luz natural, temperaturas extremas y falta de comunicación con el mundo exterior. ¿Cómo maneja el miedo? “Yo me pongo en esa situación, así que yo también puedo salirme de ella. Yo no apago el miedo, sino que lo abrazo”. Nos comparte sus experiencias y secretos para lograrlo. Puede sonar simple, pero es difícil llevarlo a la práctica, incluso para Germán, quien lleva años practicando la espeleología.

LOS 700 METROS MÁS LARGOS

Pero no siempre existe esa línea de vida. En una expedición en Tamaulipas, en el río Mante, con un buceo de 90 m de profundidad se encontró con una corriente de agua muy fuerte y con poca visibilidad. “La persona que venía detrás rompió la línea de vida con la aleta. Un gran susto. Y el gas (aire comprimido) se consumía rápido por la profundidad. Fue horrible”.

“No me di cuenta y de pronto vi que la línea se movía y lo hacía por la corriente del agua, porque ya estaba suelta”. La persona que lo acompañaba le indicó con señas que estaba rota. “Se me bajó la presión y en segundos cambió todo. No sabes cómo vas a reaccionar. No hay nada escrito sobre eso”.

El estrés y el miedo no le son ajenos. Los abraza. Y abraza lo que ello provoca. Estar en un lugar donde nadie estuvo y no saber qué encontrarás genera adrenalina. “Como una droga”. Pero no puedes gritar.

Su reacción fue moverse buscando una salida. Tenía que encontrar hacia dónde iba la corriente de agua, pues recordaba que por ahí, por una fisura, habían llegado al punto donde estaban. Si intentaba subir en línea recta se hubiera topado con un techo sin salida y hubiera perdido tiempo vital de los 20 minutos que le quedaban, según su tanque de gas. El estrés le hacía consumirlo más velozmente.

Recorrió horizontalmente la cavidad para encontrar por dónde entraron. “De pura casualidad, nada más porque nos paramos a analizar la corriente, me moví hacia esta y me encontré con la línea de vida y empezamos a subir”.

“Me estresé, pero no estaba tomando decisiones tontas, sólo haciendo las cosas con un ritmo natural. Esa fue mi respuesta. Pero estas no están escritas en un libro”.

ENTEREZA NATURAL

Su propia experiencia a veces puede jugar en su contra. En un cenote, uno que él mismo ya exploró, iba con espeleólogos brasileños y se descuidó. Al regresar se fue por otra línea, una que alguien más había puesto. “Algo estaba raro: no había pasado por un lugar así. La cueva se cerraba poco a poco”. Haber conocido esa cueva lo hizo confiarse.

Pero su conocimiento lo salvó. Sabía que cuando respiras bajo el agua generas burbujas que chocan con el techo. Si se trata de un lugar donde ningún buzo ha estado antes, cae sedimento, polvo que ha estado ahí millones de años. El agua se empieza a enturbiar. En ese momento supo que no estaba regresando como pretendía. De nuevo su memoria le reveló el camino y salieron de ahí con vida.

Parte de su “tranquilidad” bajo el agua no es fortuita. Sabe que lleva el equipo correcto y el entrenamiento adecuado. Planea todo lo que espera hacer y todo lo que espera encontrarse. Lo visualiza con un objetivo claro: tomar una muestra o encontrar una ruta nueva. Pero a veces su propia experiencia le juega en contra.

“Cualquiera que diga que no tiene miedo, miente. Muchos lo evitan, pero yo he aprendido a vivir con él. Me tomó años saber que es una respuesta natural”.

EL ÚLTIMO BOY SCOUT

En el clóset de su casa podrías encontrar su uniforme y pañoletas de su tiempo como boy scout. Eso lo marcó. En sus excursiones fue conociendo su propio miedo y ahora vive con él. Y lo respeta.

Hoy, ninguna aseguradora se atreve a darle un seguro de vida. Su oficio, amante de la naturaleza, lo hace de manera tan extrema que para muchos opaca su pasión científica. El buceo de cuevas es de los deportes más peligrosos.

Además de mantener la curiosidad que tenía de niño, hoy la complementa con ejercicios aeróbicos de abdomen y pierna, enfocados para responder a situaciones “como tener que remolcar a un amigo bajo el agua” o escalar paredes con todo el equipo. “No tienes que ser Rambo, pero no cualquiera lo hace”, dice tranquilo.

Lo que realmente tiene sentido para él es lo que hizo hace unos meses: “Encontré toda una familia nueva de animales”. No se trata de especie, sino de toda una nueva familia. Es como si un astronauta encontrara varios tipos de extraterrestres.

Leerás su nombre en publicaciones científicas más que en cualquier otro medio de difusión. Ahora está por colaborar con National Geographic, donde mostrará un poco de lo que hace para encontrar lo desconocido. El documental señalará sus logros para la ciencia, pero no creemos que le pregunten sobre su miedo, su diá- logo interior y los sacrificios personales que le cobra su pasión por la espeleología.

germanyanez.com

 Este artículo fue publicado originalmente en The Red Bulletin.
https://www.redbulletin.com/mx/es?utm_source=ContentSyndycation&utm_medium=CPC&utm_campaign=CavernasSub_MX

 

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