El día que dejas de ser un niño

¡Qué difícil es crecer! Me dijo Javi mientras lloraba a mares y arrugaba la carta que le dio Claudia donde lo terminaba: “Ya no podemos ser novios” decía en letras grandes.

            La vida de niño es muy sencilla: comes, cagas, lloras y duermes, así por lo menos los primeros meses de vida. Después la cosa se va complicando poco a poco. Pero es hasta que descubres que los brazos sirven para abrazar a alguien que no sea mamá, cuando la vida realmente se jode. Sí, es que el amor sirve para dos cosas: para joderte la vida y para recordarte que ya no eres un niño, que todo aquello que alguna vez imaginaste sentir mientras veías una película o leías un libro, se materializa solo para recordarte que el corazón también puede quebrarse y no sólo latir . Y ese descubrimiento pasa, casi siempre, (o por lo menos así le pasó a Javi) en la secu; fue justo un treinta de abril para ser precisos.

            Nunca se sabe el momento exacto. Un día cualquiera te despiertas, lavas tu cara, te peleas con el mechón de pelo que arruina tu peinado perfecto, llegas a la escuela y resulta que Fulanita, esa vieja que tanto te molesta, esa que te cae mal por su tonta forma de hablar, esa que te desespera por su risa estúpida, tiene algo. No se puede explicar. No hay cómo ni por qué, porque así de fácil y de pronto sucede. Fulanita entra al salón y el corazón se te hace chiquito. Ruegas porque te moleste con su risa estúpida, que hable y hable tanto como todos los días para tener un pretexto, voltear y callarla, contestar sus tonterías, responder sus travesuras, y quizás así estar un poco más cerca de ella.

            Como hombre se es torpe, pero como hombre enamorado se es pendejo por decisión. Comienzas a avergonzarte por hablar de caricaturas frente a ella. Presumes de cosas que obviamente a esa edad no pasan (o por lo menos no en mis tiempos) “Me peleé con seis güeyes, y a todos les partí su madre” Nos contaba Javi en voz alta, como queriendo que Claudia escuchara, como demostrar una madurez inexistente, reflejando pura y real inocencia.

            Javi se hizo novio de Claudia porque, como buenos amigos, ejercimos presión social, tanto, que lo obligamos a demostrar su “hombría”: “A que no le das un beso” le decíamos. “A que no llegas y le dices que te gusta”. Y pinche Javi que se avienta. Fue como una iluminación divina. Hasta nosotros, los espectadores, sentimos cosquillitas  nomás de ver el besote que se dieron. Esos dos se fundieron en un ósculo semejante que era difícil distinguir cuál era la cara de quién. A partir de entonces Javi se convirtió en un ejemplo a seguir. A las dos semanas, un treinta de abril, resultó que Claudia prefirió a uno de tercero, porque  le gustaban mayores (sí, eso existía mucho antes que Becky G) y Javi vagaba por el colegio con un frutsi en la mano y el corazón destrozado. Hablando de cosas que no entendíamos y de sentimientos que jamás habías experimentado.

             ¡Qué difícil es crecer! Decía Javi lloriqueando mientras los demás partíamos la piñata y comíamos pizza en el convivio por el día del niño. Un año después, en segundo de secundaria, Ana me dejó claro porqué Javi, aquella mañana, no festejó.

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