El trato que pudo cambiar mi vida

Hoy en día pagar una renta, agua, luz y gas es prácticamente un lujo que los poco afortunados tienen que padecer.

Alejo trabaja catorce horas diarias, y llegando a casa debe ayudarle a Delfina con el lavado de la ropa ajena, pues, aunque sólo eran ellos dos, el sueldo miserable que gana en la fábrica ayuda muy poco a los gastos de la casa. Hoy en día pagar una renta, agua, luz y gas es prácticamente un lujo que los poco afortunados tienen que padecer. Llevan casi cuarenta años de casados. Nunca pudieron tener hijos porque Alejo es infértil y Delfina jamás se atrevió a pedirle a él que adoptaran un niño porque sabía que heriría el orgullo macho y los sentimientos casi nulos de aquel hombre que, con cierto recato, demuestra lo mucho que la quiere y valora. Para qué dividir ese amor frágil y sensible teniendo un hijo que lo único que traería serían más problemas económicos plasmados en insomnios y discusiones eternas. Así estan bien. Delfina, a pesar de todo, ha aprendido a ser feliz y vive conforme, o por lo menos eso es lo que ve Alejo en los ojos de su mujer que mira exhausta el televisor, dejando que el tiempo se pierda por las pupilas.

Todos los días Alejo despierta a las cuatro de la mañana, prende el boiler y mientras el agua se calentaba prepara su desayuno, picaba un poco de fruta para su mujer y sale de casa aproximadamente a las cinco treinta, para llegar al trabajo a las siete en punto. Tiene media hora para poder calmar el hambre y regresa a chingarle otras cuatro horas hasta que el sol de nuevo comience a esconderse, entonces regresa en el suburbano tardando casi dos horas en el traslado a su casa.

Un día Alejo decidió romper un poco con la monotonía y cambiar de aires. Se dirigió directo al centro de la CDMX, queriendo encontrar algún pretexto para llegar tarde a casa y dejar que Delfina, por primera vez, después de cuarenta años, tendiera sola la ropa de doña Cheli. Así fue que decidió meterse al cine club y comprar un boleto de la película más próxima a proyectar: Simón en el desierto “Señor, apenas lleva cinco minutos de empezada” le comentó la señorita de la taquilla, y Alejo aceptó feliz como si fuera fan ávido de Buñuel. Al entrar a la sala, se percató que había un solo hombre y que éste prefería comer sus uñas en lugar de mirar hacia la pantalla. Alejo se sentó cerca del sujeto entretenido en el mascar de su cutícula más que en la complejidad de la cinta y preguntó en susurro “¿De qué se trata, joven?” a lo que el otro, alejando los dedos de su boca contestó con voz ronca, “De quitarme la mugre de las garras”. Entre risas, Alejo preguntó de nuevo tratando de reflejar cierto interés; “Es de un tipo que lleva rezando seis meses, seis semanas y seis días, parado en una columna. Pero el diablo lo tienta, lo induce”- contestó – “Pero el hombre es fuerte, pocos como él, por eso es tan buena la película, porque no existe hombre en el mundo capaz de soportar tales tentaciones, como la de la carne, la lujuria, la gula; pecados capitales tan exquisitos que ni el mismísimo Adán pudo resistir. ¿Usted qué cree?” Preguntó el hombre misterioso. “Si yo vendiera mi alma al diablo, sería para tener dinero y darle a mi mujer la vida que se merece” contestó Alejo entre murmullos, tratando de esconder el nudo en la garganta. El joven misterioso guardó silencio, que curiosamente coincidió con la película, y enseguida contestó con una voz que se volvía tenebrosa mientras la mirada del joven se volvía más densa:“Lo sabía, es por eso que decidí encontrarme aquí contigo. Estás de suerte, Alejo, pues he decidido ofrecerte un trato. Firma aquí – y después de un chasquido apareció una hoja – y te daré lo que has pedido, a cambio de tu alma. Tranquilo, sólo podré hacer uso de ella el día que tu cuerpo fallezca. Lo único que tienes que hacer es dejar que te pique con mi uña para liberar una gota de tu sangre.” Imágenes sobrepuestas atacaban la mente perturbada de Alejo. Una casa digna, no más ropa que lavar, no más desmañanadas ni empujones en el suburbano, no más comidas corridas ni desayunos veloces. Por fin, después de tanto esfuerzo, recibiría la recompensa de una vida llena de sacrificios, pero de pronto, como un rayo, la imagen de su mujer sentada, tranquila, mirando el televisor, le atravesó la cabeza. Qué pensaría Delfina de semejante acción, que después de tanto, Alejo haya preferido vender el alma por una vida efímera de lujos. Alejo dijo que no, y salió corriendo del lugar.
Dos horas más tarde llegó a casa y saludó a Delfina tan eufóricamente que casi le revienta la mejilla por semejante beso “Mi amor, he llegado” exclamó Alejo. “Que bueno” contestó Delfina “Ayúdame ahora que tenemos un pedido urgente. La señora Justina me trajo su vestido porque mañana se le casa la sobrina. Mugre vieja. Ay, Alejo sería capaz de vender mi alma al diablo por salir de esta miseria” rezongó Delfina.

 

Alejo Sarabia
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