PORQUE DE TODAS LAS COSAS QUE TE MATARÁN, LA MAS ABSURDA PUEDE SER UN “MOFIN” ASOLEADO

Reforma es como el nido de la tribu Godín. A donde sea que volteo hay seres con corbata y traje sastre.

Camino por la acera principal, esa donde está la expo Huichol (estará todo el mes de febrero, vayan) y están las bancas largas donde suelen dormir los indigentes. Camino mientras observo; pensando como si pensara, haciendo como que hago. Me veo hundido en un mundo en el que siento no pertenecer, ahogado en el mero corazón donde brotan oficinistas trajeados por las calles que simulan ser las venas de aquel órgano de zapato de charol y pantalón planchado con las líneas bien marcadas. No es la nata espesa color café caca que envuelve a la CDMX la que me impide respirar, es más bien el Excel y los reportes, el color caqui de los trajes, el aroma dulce de los perfumes, las corbatas, las manos en las bolsas, los cigarros a medio fumar, lo que me generan mareo y nauseas. Chale, ¿en qué momento?

Las personas vagan por la gran avenida pensando – o por lo menos eso es lo que aparentan -, silenciosos, algunos solo caminan. Me pregunto cuántos de ellos se estarán cuestionando su existencia como yo lo estoy haciendo con la mía. Entre tanto cotorreo mental, una joven de cabello azul me aterriza con un manoteo frente a mi cara. Que si tengo cinco minutos. No sé, la neta, como pueden ser cinco minutos como pueden ser otros cincuenta años. Uno no sabe cuánto tiempo tiene. Sonríe. Seguro pensó que que pinche loco. Me ofrece pastelillos “mofins” y para seguir con mi camino le compro uno de diez pesos. Nomás uno, no estés chingando. Llego al semáforo que cruza Sevilla sobre reforma. Aprovecho que los peatones tenemos el rojo para quitarle la envoltura al pastelito. La neta no tiene buen aspecto y se siente asoleado. Asoleado, no caliente. A lado de mÍ, un hombre de traje azul, zapatos cafés y corbata rosa, pelea con un joven. Concluyo que es amigo de la chica que interrumpió mi viaje existencial. Que no, cabrón, no te voy a comprar, ya déjame pasar. Pero no te enojes, amigo, solo te quiero alegrar el día. No me lo alegras, me lo estás castrando. Así como te aferras a que te compre, te hubieras aferrado a los libros para no estar vendiendo en la calle. Y usted se hubiera aferrado a sus sueños para no trabajar para alguien que lo explota y le amarga la existencia. De pronto toda la avenida reforma y alrededores guardaron silencio. Silencio fúnebre. Los pajaritos levantan el vuelo en cámara lenta. El mundo le hizo un close up al rostro del hombre. Una sombra negra le cubrió la mitad del rostro, lo que resaltó sus ojos castaños que poco a poco se tornaron cristalinos. Se escuchó un golpe tan fuerte que casi fueron palpables los pedazos de su corazón roto. Un golpe tan estruendoso como un choque de autos, y en efecto, un taxi Tsuru y una Town&Country chocaron. El Tsuru se pasó el alto. No pude morder el pastelito.

Llegando a mi escritorio tiré el “mofin” de a diez pesos. Sentí como si estuviera tirando a la basura los sueños de aquella chica de cabellos azules, pero vengando el destino de algún Godínez amargado. 

Alejo Sarabia
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