No sabemos nada de la muerte

“Y vámonos muriendo todos, que están enterrando gratis”

Tenía ocho años cuando fui a mi primer funeral. Aunque anteriormente ya había escuchado sobre la muerte, jamás me había puesto a pensar sobre mi paso perecedero sobre este mundo. Desde entonces no pude dormir igual. Sentí un vacío en el pecho, parecido al amor, pero menos doloroso, como si de pronto mis entrañas hubieran desaparecido; vacío como aquél tío que aquella tarde estaba velando. Por primera vez en mi vida me sentí vulnerable y caduco. Entendí lo que era perder a alguien para siempre, entendí la angustia de no volver a verle.

Nadie quiere morir, y parece un razonamiento obvio, ni los que creen en el cielo anhelan la muerte, al contrario, muchas veces la percibimos como un castigo, porque si nuestra existencia es un premio que no sabemos valorar, la muerte ha de ser un castigo divino por el cual deberíamos pasar para purificar nuestras almas y arrepentirnos de todo aquello que en vida cometimos. ¡Qué horror!

Mi abuelita, antes de morir, pensaba mucho en su señor, “es que ya ha de estar con otra” decía, “y qué tal que cuando llegue no me reconoce” y se ponía llorar muy angustiada, segura de que lo volvería a ver, porque la muerte también es una oportunidad de reencontrarnos con los otros que se nos adelantaron, y con un poco de suerte, nos encontramos también a nosotros mismos. En los últimos días, mi abuelita le pidió a mi mamá que la enterraran con algunos billetes, por si tenía que pagar algo para pasar al cielo. “No te preocupes”, le dijeron todos, “allá no necesitas esto”. “Y cómo saben, si no se han muerto ustedes.” Yo digo que quien sabe, porque morir no necesariamente significa dejar de existir, porque hay quienes ya no viven pero siguen presentes, como lo dijo Tyrone González “No se muere quien se va, solo se muere el que se olvida”. Y están los otros, los zombies, quienes respiran y no están viviendo. Hay quienes han sentido la muerte chiquita y se sienten complacidos con ello, otros que se murieron, “literal”, unos segundos cuando no encontraron su celular, y otros que ya están muertos y no les han dicho y vagan por el mundo como fantasmas de carne y hueso , porque morir es también estar viviendo sin un sentido, pero ese siempre ha sido el problema: ¿cuál es el sentido?

La muerte en México tiene un significado menos filosófico y más terrenal. No es ni el fin de la vida ni el principio de una eternidad. Alguna vez lo dijo Octavio Paz: “La indiferencia del mexicano ante la muerte, se nutre por su indiferencia ante la vida” y es que, si de la vida sabemos poco, de la muerte lo desconocemos todo.

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