Mis intentos de Dr Corazón

“Lo que mucha gente llama amar, consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor…”
– Julio Cortazar, Rayuela

A una cuadra del metro Mixcoac, ahí por donde están las imperdibles gorditas rellenas de carne al pastor, entre los cientos de puestos ambulantes que existen, hay un puesto que vende cacahuates y pistaches de esos doraditos en el comal. Quien lo atiende es un joven muy risueño y la mayoría del tiempo actúa como si disfrutara su trabajo. Me recuerda mucho a “Paco empanadas”, el joven de Acapulco que se hizo famoso por su forma tan peculiar de vender, pero este joven, a quien nunca le he preguntado su nombre, más que la mercadotecnia, se le da la filosofía del barrio, como él la llama. Lo conocí por azares del destino, uno de esos días en los que el camión no llegaba y al comprarle unos cacahuates entablamos una conversación demasiado peculiar. Desde entonces cada que puedo, paso a saludarlo.

Hace como veinte días lo noté cabizbajo, como deprimido. Resultó ser que sufría por amor. Parece ser que está viviendo esa etapa en la que uno ama sin miedo ni ataduras, en la que uno se entrega a lo güey como si en ello se te fuera la vida. “Oye, tranquilo, estás muy chavo” le dije y yo entonces me sentí un señorón, “tendrás muchas novias”. “Pero solo quiero a una” me contestó. Y después de un largo silencio mientras me preparaba mis cacahuates, me preguntó cómo es que conocí a mi esposa. La verdad es que estuve tentado a contarle una historia romántica y muy clásica, pero después pensé que justo es por eso que uno sufre por amor. Estamos tan influenciados por la ficción que la realidad ya nos parece imposible, así que decidí contarle la verdadera versión:

“Tomé el camión de siempre, a la hora de siempre, en el lugar de siempre, y ahí la vi. Sin miradas penetrantes, sin luces resplandecientes, sin música de fondo. Ahí estaba yo comiendo mis cacahuates con salsa valentina, chupando mis dedos, sorbiendo el moco por la enchilada. Supongo que le molestó el ruido de mi nariz congestionada porque me ofreció un pañuelo desechable. Lo que distingue a mi esposa de las demás mujeres que pude haber visto, es que a ella la amo. El amor es eso que no se sabe qué es, que no se explica, que no se ve, no se hace, ni se descubre ni se piensa, se siente. El amor se siente en las entrañas, en los ojos, en las manos, en los huesos, en el alma; no se toca, se siente. Se siente en el aire, en los árboles, en las noches, en el día, en la lluvia. Le agradecí por el pañuelo y después le pedí su teléfono y un año después nos casamos, tuvimos hijos y aquí seguimos, en la lucha constante por seguir siendo quienes somos. Lo importante aquí es que mi historia pueda ser la tuya, porque tú también usas un camión o cualquier otro transporte público”. Me despedí creyendo haberlo ayudado en su crisis amorosa.

Hoy, antes de venir al trabajo volví por aquellos rumbos y la verdad es que tenía mucha curiosidad por saber cómo es que había resulto el tema.

– Qué onda güey, cómo te fue con aquello, – llegué preguntando.

– No mame don, dónde andaba, – me contestó y yo me sentí súper ofendido. ¿Don?

– Pues por ahí. – Me limité a contestarle.

– La otra vez se fue y no me terminó de decir ni en cuál camión, ni en qué parada ni a qué hora podría encontrarla. Así cómo quiere que me enamore.

Así fue como murió una columna que nunca nació en esta revista, en la que pretendía darles consejos acerca de aquello que uno no sabe explicar.

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