Metreando ando en Tacubaya

El metro es de los lugares más emocionantes que existen en la CDMX, nunca sabes qué podrás encontrarte entre sus entrañas.

En el Metro Tacubaya, en la entrada de avenida Jalisco, antes de bajar las escaleras, hay una señora que vende gorditas de nata, que si te las comes calientitas con cajeta puede ser un manjar de desayuno para todo Godín que olvidó su toper en casa y no tiene qué echarle al estómago (recuerden que el desayuno es la comida más importante de día), así que, como buen ejemplar de la especie, decidí detenerme a comprar mi bolsita de a diez pesos con cinco gorditas para ir comiendo en el trayecto.

El metro es de los lugares más emocionantes que existen en la CDMX, nunca sabes qué podrás encontrarte entre sus entrañas. Todo empieza desde la recarga o la compra de tu boleto en las taquillas. La verdad es que siempre he pensado que las personas de las taquillas, son como el extraterrestre/cucaracha gigante que sale en Men In Black. Jamás he visto que expresen emoción alguna y mucho menos un “buenos días”. Son de esas cosas que nos hacen pensar que no estamos solos en este mundo. Después de eso comienza la verdadera aventura: que las escaleras funcionen, que el olor no sea tan penetrante, que no le pises los cacahuates o los bocadines a los vendedores, y antes de llegar al andén cierras tus ojos como cuando le vas a soplar a tu pastel de cumpleaños, y pides a todos los dioses que no haya tanta gente; hay veces, muy raras, pero las hay, en las que el Universo conspira y se te concede, las otras simplemente el mundo te recuerda que escogiste una pésima carrera, que estás en un trabajo que odias ganando un sueldo miserable y que mejor te quieres morir alv (como dicen ahora los chavos), en forma de una cola de cien metros para poder entrar al vagón. Los empujones, los arrebatos, las mentadas de madre y los arrimones son parte de la gran experiencia de viajar en metro, pero nunca me había tocado algo como hoy: Fui testigo de una riña entre dos mujeres que se peleaban por un joven.

No sé cómo, ni de dónde. De repente las rechiflas se hicieron presentes y una que otra carcajada también. Las mujeres se daban con el puño cerrado y directo a la cara. Nada de jalones de pelo, era un tiro limpio. La golpiza llegó a tal grado que la gente comenzó a gritar que las separaran, hasta que un buen samaritano decidió dar el primer paso: ERROR. El joven en disputa se aventó a los golpes contra el buen samaritano, por lo que provocó que los demás espectadores salieran al quite. “No mamen, nomás no se caigan a las vías que nos van a clausurar el servicio, culeros” Gritó un trajeado. Dicen que se tardan de dos a tres horas en quitar los cuerpos calcinados o descuartizados de los rieles. Qué bueno que en esta ocasión no nos tocó comprobarlo. Los policías llegaron en bola repartiendo macanazos, como cuando tu mamá te escuchaba pelear con tu hermano y antes de preguntar a los dos ya les había tocado chancla. Me tocaron dos madrazos y una manoseada en las posaderas, ojalá haya sido una chica y si no pues igual me levantó el ánimo (sin albur). Lo que sí me dio mucho coraje es que ahorita que llegué a la computadora para escribirles esta odisea, saqué mis gorditas y ya estaban todas aplastadas, vlv (como dicen ahora los chavos).

 

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