Los héroes anónimos del 19 de septiembre

Sin duda, el sismo del pasado 19 de septiembre dejó varias lecciones a todos los que lo vivimos. Del caos surgió la confusión, la tristeza y la desesperación y, en medio de las tinieblas y escombros, surgieron héroes en distintas partes de la ciudad capitalina.

Entre ellos, estuvieron aquellos, los que muchas veces tachamos de corrientes, los que comen una vez al día taquitos de arroz y frijoles, los que cargan bultos más pesados que sus propios cuerpos, los que ganan una miseria por hacer eso, los que celebran la Santa Cruz.  

Apenas comenzó a sonar la alarma y el piso se sacudía como nunca antes, tan sólo un par de horas antes habíamos hecho un simulacro conmemorando el terremoto del 85, para no olvidarlo y saber qué carambas hacer cuando se presentaba un temblor de cantidades energéticas bestiales. El terremoto de aquel año nos daba cincuenta segundos y cuatrocientos kilómetros de ventaja ponernos a salvo fuera de los edificios, pero este no, contra cualquier posibilidad de presentarse, ocurrió el movimiento telúrico con una magnitud de 7.1 con epicentro  a 12 kilómetros al sureste de Axochiapan, Morelos.

Para muchos, fueron los segundos más eternos de su vida al ver cómo se desgarraban los muros de las oficinas durante el movimiento, para otros, lamentablemente fueron los últimos. Después del pánico, como si fuera un respiro para que tomáramos aliento, el silenció reinó por unos cuantos segundos y luego los edificios comenzaron a colapsar.

Por instinto natural aquellos que sobrevivieron al temblor comenzaron a organizarse y a levantar los escombros de los edificios. Mucho se habló de la forma rápida de actuar de los millennials, ya que, hasta ese momento, se habían mostrado apáticos hacia los problemas de la sociedad.  También se habló de jóvenes que en sillas de ruedas recogían y hacían lo posible por limpiar lo que podían. Sin embargo, no se habló mucho de la fuerza bruta, aquel equipo especial de manos callosas y botas de casquillo, aquellos que levantan dos bultos de cemento de 50 kg varias veces al día, aquellos señoras y señores, fueron los que llegaron, y nadie mencionó.

Ni los topos, ni Frida, ni el ejército, ni los japoneses, habían llegado tan rápido como ellos. Ya que están distribuidos en toda la ciudad y, sin dudarlo, llegaron a los lugares donde se habían caído edificios. Lo cuento porque los vi en varias partes de las colonias Narvarte y Del Valle que llegaban con picos, palas y cubetas, y que nadie les prohibía ingresar a la zona cero. En la calle de Edimburgo, lograron rescatar a más de cinco personas con vida.  Ellos “no le sacaron” a entrar a los restos de los edificios y comenzar a removerlos, con el entrenamiento al cual son sometidos diariamente, cargaban mucho más que un joven que va al gym a tomarse fotos y que come papaya con su granolita. Fueron ellos, los que los que muchas veces tachamos de corrientes, los que celebran la Santa Cruz, los chemos, los albañiles, los héroes anónimos del 19 de septiembre.

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