La primera del año

A todos los que me leen constantes desde el año pasado, qué onda, cómo les fue en sus vacaciones y todo el “chou” decembrino. Y a los nuevos, les doy la bienvenida y las gracias. Esta, es la primera columna del 2018.

¿Se acuerdan cuando en la escuela, los primeros días, se equivocaban poniendo en las fechas el año anterior? Era como si quisiéramos sacarle hasta la última gota, porque cuando uno es niño el tiempo cuenta más que de adulto. Ya de adulto uno se conforma con lo que sea, con lo que tiene; parece que nos cambian el chip, que cuando nuestro cerebro se da cuenta que es primero de enero de nuevo se amarga y se vuelve hostil y enfadoso. Nos volvemos a quejar del tránsito, del gobierno, de los impuestos, del fútbol. De nuevo sobrellevamos la vida en lugar de estar viviendo.

Después del brindis, las uvas y los abrazos, regresé a la cotidianidad y al terrible golpe de realidad por el que paso casi todos los años. Esa depresión post-decembrina que te queda después de un mes en el que casi todos los días son viernes, es muy difícil de superar. Es mentira eso de los momentos de paz y de reflexión, pues todo el tiempo andas de arriba para abajo entre posadas, cenas de fin de año, visitas a centros comerciales para la compra de los regalos, reuniones con los amigos que no viste en todo el año, más posadas, comidas y más cenas; resulta casi imposible sentarse a reflexionar. Eso lo hice después, el primero de enero, todo desvelado, mientras miraba el techo de mi cuarto. Después de sudar por hacer la cuenta de todos los gastos que hubo en el mes, me tomé el tiempo para pensar un poco sobre lo que pudiera ser este dos mil dieciocho para mí. No soy afín a hacer propósitos o algún otro ritual para recibir el nuevo año, pero sí soy de esos que hacen un recuento, a veces por nostalgia, a veces por morbo, otras por simple aburrimiento y, aunque dos mil diecisiete no fue un mal año, la realidad es que mis situaciones tanto laboral como mental no han cambiado mucho. Me sigo deprimiendo los domingos y me sigue costando trabajo levantarme los lunes, por eso decidí escribir los lunes mis columnas, paradarle un poco más de sabor al amargo despertar de la vida laboral involuntaria y absorbente de toda pasión y sueño.

El treinta y uno de diciembre existe con el único propósito de recordarnos que somos efímeros, que todo acaba pero que también todo empieza y ambas cosas pueden suceder en el mismo instante. Rodríguez Liceaga lo llama “El tiempo neurótico”. Termina un ciclo pero inmediatamente empieza el otro ¿Están listos para eso?

Gracias a todos los que me leen y leen esta página web constantemente. En esta nueva etapa tendrán muchas cosas nuevas que leer. FELIZ 2018

Alejo Sarabia
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