Déficit de atención

Nunca fui bueno para la escuela. La verdad es que sufría mucho cuando me entregaban las calificaciones y veía que no obtenía lo que esperaba, aunque, ahora que lo pienso, nunca esperaba mucho de mí.

 

Excepto esa vez que saqué diez de promedio bimestral para que me compraran un perro Schnauzer  con el que había soñado mucho tiempo: “Si sacas puro diez te lo compro” me dijo mi má; no sé si fue por motivación o porque su intención era nunca comprarlo, y convencida de ello se atrevió a decirlo con la seguridad de que probablemente nunca lo conseguiría. Al final lo logré y Nitro murió el veinticuatro de diciembre de dos mil catorce. Vivió trece años. Después de eso, no recuerdo otra ocasión en la que mi boleta no tuviera algún manchón rojo por ahí.

Cuando era niño mis apuntes siempre estuvieron incompletos y en la universidad ni apuntes tenía. La mayoría de las veces me la pasaba haciendo dibujitos y otras escribiendo cartas. Evidentemente mi desempeño preocupaba mucho a mis padres y a mis maestros. Constantemente me preguntaban si tenía alguna clase de problema en mi casa o si en la escuela hubiera quién me molestara, ya saben, atribuyendo al “bulink” (como dicen mis tías), mi pésimo desarrollo escolar. Me hicieron varios exámenes. Desde los siete años utilizo anteojos y siempre procuraban sentarme en las primeras filas, creyendo que mi vista era escasa y eso era lo que me impedía tomar las notas del pizarrón; en cuanto pude decidir dónde sentarme, opté por hacerlo en la última fila. Las mejores cartas y los peores dibujos los hice desde atrás.

Sucedió en la clase de Etimología Grecolatina en la gloriosa y honorable prepa 4. La profesora me hablaba directo a los ojos, amenazante y con algunos tintes de tirana “Tienes una última oportunidad si es que quieres acreditar mi materia” y comenzó a hacerme cuestionamientos sobre la asignatura de manera oral; respondí a siete de diez preguntas correctamente. “Muy bien, Sarabia” me dijo “Me impresionaste, pues siempre te veo distraído en clase. Deberías de tratarte ese déficit de atención, tu desempeño sería excelente” y orgullosa escribía un ocho en su lista. Una vez que terminó de trazar el número con tinta respondí: “No es déficit de atención, maestra, lo que pasa es que su materia me vale madres”.

 

Pasé el extraordinario hasta la segunda vuelta.

 

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