De búsquedas y sus jerarquías

Desaparecido en el Atlántico sur frente a las costas de Argentina el 15 de noviembre pasado, el submarino ARA San Juan se dirigía hacia su base naval en Mar del Plata con 44 tripulantes, entre quienes se encuentra la primera submarinista de América Latina: Eliana Krawczik.

Por: Mauricio Monroy

Luego de participar en maniobras militares en el Canal del Beagle (muy cerca de Tierra del Fuego), el submarino zarpa hacia Mar del Plata estableciendo comunicaciones con su base dos veces al día, para desaparecer de las comunicaciones el 15 de noviembre pasado.

Un día después la Armada argentina comienza su búsqueda y para el 17 de noviembre activa el protocolo de búsqueda y rescate de submarino (SARSUB, por sus siglas en inglés), recibiendo ayuda internacional.

Con trece días sin respuesta del submarino, alrededor de 4,000 personas y más de 30 vehículos, entre submarinos de rescate, barcos y aviones, procedentes de diez países (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Brasil, Chile, Perú, Colombia, Uruguay y la propia Argentina) continúan la búsqueda del ARA San Juan.

Recientemente, México recibió semejante muestra de apoyo internacional tras el sismo del 19 de septiembre. No obstante, nuestro país tiene un historial negro en tanto a  búsquedas se refiere.

En México pueden desaparecer reporteros comprometidos, políticos y feminicidas viles, un familiar, el vecino, la amiga y, vamos, hasta un grupo de 43 personas sin que la comunidad internacional se disponga a su búsqueda incansable.

Nos han desaparecido millones en cada administración sin importar el color del partido, los documentos incriminatorios de muchísimos crímenes de todo tipo y hasta tres ceros de la moneda.

Desaparecieron, también, las ganas de denunciar (gracias a esa maravillosa burocracia mexicana), sigue sin aparecer la igualdad de género, las pensiones son una leyenda para los millenials y el poder adquisitivo del salario mínimo hace tiempo que se esfumó.

¿Por qué cada vez nos preocupamos menos por ello? ¿Por qué incluso responsabilizamos a las víctimas de lo sucedido? ¿Será que consideramos más valiosa la vida de 44 miembros de la armada sobre cientos o miles de mujeres, sólo por ser parte del ejército, por ser una tripulación de hombres (con excepción de Eliana Krawczik) o por el hecho de que no se espera que simplemente desaparezcan y los civiles sí?

Tal parece que, si hemos de sobrevivir en este escenario que parece diseñado por George Orwell, más nos vale volvernos parte de las fuerzas armadas, porque a ellas, como a Chuchita, no se espera que se les pierda nada. A ella no le pudo pasar eso. ¡No me vengan con que a Chuchita la bolsearon también y ahora nadie encuentra nada!

Con esperanzas de que aparezcan vivos los 43, los 44 y los miles que en el mundo nos faltan.

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