Entre carambolas y troneras. “El noble juego del billar”

De jóvenes, más jóvenes, cuando la quincena no era algo que nos preocupara, comenzamos a explorar la vasta cultura mexicana y buscamos grupos dónde encajar según nuestros (entonces) muy limitados gustos. No importando estos grupos todos hemos llegado, en algún momento, a practicar ese deporte sin gloria llamado billar.

Por: Mauricio Monroy

¿Cómo es que nace este deporte? Nadie tiene la certeza sobre esto, franceses e ingleses del siglo XV se disputan la autoría del juego, aunque sus inicios se pueden rastrear desde las culturas griega y egipcia (como dato anecdótico, Shakespeare vislumbra a Cleopatra practicando este deporte en Antonio y Cleopatra). Henri Devigne, ebanista y carpintero, entrega la primera mesa de billar con las proporciones actuales a Luis XI en 1429 para ser instalada en La Bastilla (sí, ese edificio que asaltaron unos rebeldes franceses en 1789 y gracias a los cuales existen los derechos humanos).

Como era de esperarse, en sus primeros años de existencia el billar fue de práctica casi exclusiva de la aristocracia europea. La historia cambiaría poco a poco a partir de su popularización no sólo en las cortes de aquel continente, sino también en sus colonias americanas (la primera mesa de billar llegó a Florida en 1565 por parte de los españoles).

En el período antes de su extensa propagación, que ocurriría a finales del siglo XVII y principios del XVIII, el billar no era “cosa de vagos”, sino que el desempeño dentro de esta disciplina estaba a la altura del desempeño en esgrima, historia, matemáticas y educación militar. Sí, justo como lo lees: para ingresar a las selectas filas de los mosqueteros de la guardia francesa, el aspirante debía ser notable en las anteriores disciplinas, incluido el billar. Un punto más para notar: el billar no era práctica propia de los hombres: las mujeres nobles también disfrutaron de este deporte, un ejemplo es Cleopatra, mencionada anteriormente; otro es el de María de Escocia, vivió por diez años en Francia, donde conoce a este deporte, y tras su regreso a Escocia es encerrada en prisión, donde se lamenta, además de otras muchas cosas, de no poder practicar billar en prisión.

Ya dentro del siglo XVIII el billar obtendría su versión actual (anteriormente las bolas tenían que pasarse a través de aros sobre las mesas), la revolución industrial permitiría modificar algunos de los materiales ocupados (como crines de caballo para el rebote de las bolas en las bandas por el moderno hule, el marfil de las bolas por la baquelita) o mejorar algunos otros (como utilizar tiza para aumentar la fricción entre la “botana” y la bola, la botana es esa parte de cuero que recubre la punta del taco).

Durante el siglo XVIII y parte del XIX, el billar pierde mucha de su popularidad al convertirse en el centro de muchas apuestas, además de que los clubes y bares donde se encontraba la mayoría de las mesas de billar cerraron sus puertas al público femenino; esto, acompañado de la torpe idea de separar “actividades de mujeres” y “actividades de hombres”, resultó en la separación del billar y las mujeres por mucho tiempo. No es sino a partir de la segunda mitad del siglo pasado cuando el billar retorna como parte de la vida cotidiana y, aún más reciente, como deporte practicado por todos los géneros; curiosamente, la industria cinematográfica estadounidense se encargó de reavivar el gusto por el billar con las películas The Hustler (1961) y su secuela The Color of Money (1986), impulso que le bastó al deporte para que se crearan o mantuvieran vivas ligas nacionales y locales en América y Europa, principalmente.

Actualmente, y muy a pesar de nuestras abuelas y tías, el billar cuenta con la curiosidad del adolescente y el gusto selecto de jóvenes y adultos que disfrutan de una buena y bien merecida cerveza mientras demuestran sus habilidades para aplicar sus conocimientos sobre física y matemática aplicada básica, así como de horas (muchas horas) de práctica.

Si quieres visitar algunos billares de tradición (fuera del área hipster) en la zona sur, tienes aquí tres recomendaciones:

Círculo 99 Billar & Café (cerca de la estación del metro Eje Central), Billy’s Pool (donde los estudiantes se desestresan y los godínez gastan parte de su preciada quincena, sobre Av. Del Imán, a cinco minutos de la estación del metro Universidad), y por último Billar Inn (frente a la Plaza del Carmen, al poniente de la estación del metrobús La Bombilla). Mención especial merece Billar Círculo 33, sobre avenida Cuauhtémoc, que fue uno de los más longevos de la ciudad y lugar de reunión de una comitiva sin igual: si alguna vez vieron el cortometraje de Pixar Geri’s Game tendrán una idea de estos viejos camaradas. Lamentablemente, el billar ha cerrado sin esperanzas de verlo abierto nuevamente.

Después de leer todo este pergamino, ya tienes los datos suficientes para hacerte pasar por una persona más interesante o para simplemente distraer a tu contrincante la siguiente vez que pasen por uno de estos lugares. ¡A entronar y chocar bolas como locos, que la vida es corta![1]

[1] La fuente principal de este artículo es un maravilloso libro llamado El billar no es de vagos, escrito por el historiador y matemático Carlos Bosch.

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