Comezón de la peligrosa

Caminaba a paso lento sin rumbo fijo, aunque sí tenía a dónde ir, pero pues cuando uno tiene chance de hacerse wey, pues se hace wey.

Todo sucedió más o menos como a las once de la mañana. Caminaba sobre Reforma (ya saben que todo pasa en la cuna del universo Godín) a la altura de la Diana cazadora, tan imponente ella como suele ser: inmóvil, callada, majestuosa, bella, cobriza. Sobre las banquetas, uno que otro perro defecaba tranquilo y sin pudor mientras sus dueños fumaban un cigarro o se hacían tontos para no recoger la feca de su perruno amigo. Ciclistas se paseaban por las banquetas esquivando a los seres trajeados que andaban por la vida comiendo mocos, otros nada más fumaban. Y ahí estaba yo, entre tanto ser que aborrezco, quejándome de la vida y el mal gobierno. Caminaba a paso lento sin rumbo fijo, aunque sí tenía a dónde ir, pero pues cuando uno tiene chance de hacerse wey, pues se hace wey, así que aproveché para hacer lo que mejor sé hacer.

El clima era cálido, tanto que mi cuerpo comenzó a sudar por todas partes. Con esto del calentamiento globlal ya no se sabe qué onda con el clima; uno sale súper abrigado por las mañanas y a medio día te quieres encuerar, en la tarde necesitas una sombrilla y un salvavidas y andas abochornado como señora embarazada. Sólo en la cdmx tenemos tres climas en un mismo día. Después de la cuarta vez que sonó mi celular, decidí valorar mi chamba y caminar en dirección a las oficinas de los abogados a quienes tenía que dejarles una usb que llevaba conmigo, y que debí entregar hacía media hora. Decidí guardar el dinero del transporte e irme caminando, el tránsito era tan pesado que seguro llegaba más rápido a pie que en autobús. El andar apresurado y el calor sofocante hicieron estragos en mí. Tal vez fueron los pantalones de mezclilla, los calzones ajustados, el sudor que corría por todo mi cuerpo; de pronto comencé a sentir la tremenda picazón, esa que se siente profunda como escalofrío, que pone la piel chinita. Traté de ser lo más discreto posible, primero caminé cruzando una pierna sobre la otra, como miss universo en pasarela. La mirada juzgona de alguno que otro peatón me hicieron ver que esa no era la mejor técnica. En el semáforo de Río Tiber metí la mano a mi bolsa, actuando un poco como si buscara algo, también hice sentadillas, probé levantando la pierna y la apoyé sobre una banca simulando anudar mi agujeta, pero todo fue en vano. Sentía clarito como el vello florecía en tan tierno territorio. Opté por meter mi mano: abrí las piernas a la altura de mis hombros, arqueé la espalda hacia atrás, sumí la panza, con la mano izquierda, separé el pantalón de mi cintura y con la derecha me disponía a rascar. Mi mano apenas rozaba la tela de mi calzón cuando unos gritos me desconcertaron. Pinche cochino. Pervertido. Desgraciado perro. Y de pronto y de la nada, me llovieron los madrazos. Una mujer de casi cuarenta años me agarró a bolsazos, porque me estaba masturbando viéndola mientras ella esperaba el camión. Dos mujeres más y un hombre le ayudaron a reprenderme. Pero yo solo quería rascarme los huevos, señora, le dije.

Los oficiales me esposaron con las manos atrás. La picazón cesó hasta que me metieron a los separos, donde escribo esto, sentado en el suelo donde se me congelan las nalgas, pero eso sí, con los tompiates bien frescos. 

Alejo Sarabia
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