Acoso: Crónica de un día en la vida de una mujer.

La realidad que enfrentamos día a día sobre el hostigamiento callejero y cómo estamos obligadas a defendernos desde que ponemos un pie fuera de nuestro hogar.

Cuando era pequeña, puedo recordar que amaba usar vestidos y que se me tratara con todo el amor que era posible, porqué mi padre me enseñó que debía ser inteligente, que si lo era siempre me daría lo mejor, no dejaría nunca que no se me tratase como lo que me decía ser y que nunca me podrían manipular y hacer menos. Aunque no entendiera el significado de esas palabras, crecí tratando de ser lo que esperaba, aún si él me dijera que no importaba si lo aprobaba o no, a quién debía gustarle era a mí. No lo comprendí hasta años después. Tendría probablemente catorce años, hablaba por teléfono, fuera del portón en casa de mi abuela, recuerdo que tenía muchos amigos entonces, vi a uno de ellos, novio de una de mis mejores amigas, lo saludé y no dudó en acercarse y me besó sin consentimiento alguno, aprovechando mi distracción por la llamada que tenía en mano, me dio tanto coraje, que sin pensarlo le solté la primera bofetada de mi vida, me miró sorprendido y como cobarde agachó la mirada y se alejó. Estaba tan furiosa por lo que hizo, que sin importarme el lugar o la gente le grité de todo, jamás volví a hablar con él y desde ese momento supe que nunca dejaría que me volvieran a hacer lo mismo.

Con el tiempo pasé por otras cosas, como la primera vez que salí sola en transporte público, sólo quise volver a casa. No recuerdo cuantas palabras obscenas escuché y otras no, cuantas miradas de hombres que no quise sobre mí, sentí o cuántas veces piropos indeseados me dieron, cómo si fueran premios por los cuáles debía sentirme agradecida. Recuerdo que mi madre dijo que eso era común y que pasaría siempre sólo por ser bonita o al menos un poco agraciada, que no tenía caso, “ignóralos y ya” me dijo, pero la rabia que tenía dentro no se fue.

Cuando me acostumbré a salir, gracias a la escuela, solía caminar lo más rápido que podía porque la incomodidad al estar cerca de aquellos que me miraban de más era tal que siempre me hacía enfadar. Todos los días, me molestaba por algo, una palabra, una sonrisa no deseada, un silbido que siempre detesté no importando quién lo diera. Si hablaba de eso con mi familia no ayudaba mucho porque sólo me decían que jamás me rebajara a dirigir la mirada, pero nunca sentí alivio. El enojo con estas situaciones cotidianas jamás cesó, de a poco y con los años fue creciendo. Había ocasiones en las que no soportaba tal trato, que gritaba con groserías y sólo recibía risas y burlas en cambio. Tenía unas ganas tremendas de volcarme a la violencia, pero todo el mundo a mi alrededor repetía que no valía la pena, y con pesar, sólo pensaba “¿si una grosería no es suficiente, porqué una palabra honesta y civilizada sí?”, “cuándo será el día en que sea capaz de no defenderme, porqué ya no me sentiré acosada” pero pasó el tiempo y aquella respuesta no llegó, entonces, me dije y ¿por qué no pongo un alto a todo esto? y la alternativa por la que tuve que optar no fue la que más retribuciones me trajera, al contrario, tuve que pagar con mal tratos porque eso es a lo único que responde la gente cuando nos vemos obligados a comportarnos así.

Cada día debía dedicar miradas de desagrado o de molestia, a veces inclusive de enfado y de amenaza al tener que enfrentarme al acoso del diario, si caminaba sola por algún lugar, debía fingir valentía y seguridad, cuando la ansiedad crecía en mí con cada paso que daba, inclusive se volvió paranoia usar vehículos privados como el Uber si iba sola, debido a las desapariciones y agresiones que todos los días eran noticia. Comenzaron a decirme que era una paranoica y que me estresaba sin razón, sin embargo, cada día aquel miedo terrible me hacía mirar alrededor, estar alerta de mi entorno y casi irónico de nuevo esas “malas” costumbres que había adquirido, nuevamente me habían salvado de un pervertido a punto de manosearme y a otra mujer en el metro.

Era desagradable, sí y yo no pasaba a ser más amable con los demás, ganándome malas caras, al actuar tan déspota y prepotente, pero, aunque suene irreal, aquello me libró de situaciones de las que pudo haber ocurrido algo peor que un insulto. Me he visto criticada por los que me rodean debido a la forma en que me protejo y los comprendo, no soy partidaria de un comportamiento igual, pero el falto o nulo respeto que hay hacia nosotras como mujeres, nos hace encajonarnos en actitudes poco comprensivas ante el constante abuso, menosprecio e infravaloración por los que pasamos diariamente, así seamos estudiantes, profesionistas o amas de casas, siempre debemos enfrentar algún tipo de acoso cada día de nuestra vida desde el día en que nacemos.

La mayoría de las veces nos llenaron de miedos e inseguridades, nuestras madres nos repetían que debíamos ser cuidadosas al salir, al hablar, a no dar a entender malinterpretaciones para así evitar malos ratos con los hombres, a que no debemos salir con cuanta persona quisiéramos porque eso da qué pensar, que si nosotras no respetamos nuestro cuerpo vistiéndolo decentemente nos faltarán y tantas cosas más que se van reafirmando, con los amigos, la pareja, la familia y la sociedad. Y la verdad es, que, si intentamos defendernos de la manera que sea, nos criticarán, no existe la consideración siendo que nuestro actuar esta promovido por el trato que nos dan.

Cuántas veces no había escuchado de amigos y de familiares que estaban cansados de no encontrar a una mujer que los llene porque está loca, porque es arisca o no acepta la relación ni la forma de actuar de ellos, que si no son cómo quieren o lo que esperan simplemente terminan por buscar a alguien que les acepte tal cuál son, y que ello incluya, a alguien que no grite, no se enoje, sea comprensiva y que además siempre esté “dispuesta y deseosa”, oh sí, porque si de relaciones heterosexuales hablamos, de esto consta lo primordial. Si una mujer aleja a alguien porque no le gusta, es una insufrible, si nos gritan palabras obscenas y respondemos con groserías estamos locas, si somos jefas y hacemos bien nuestro trabajo, somos mandonas e inflexibles. Estamos sujetas a tener que estar a la defensiva desde que tenemos conciencia de nuestro ser y que debemos pelear por nuestros derechos, respeto y equidad que obtenemos al nacer. A diferencia de ellos, hay que reclamarlos y afirmarlos cada día, porque no se educa para convivir con nosotras.

Mujeres que han sido transgredidas, que sus vidas han perdido por el deseo insulso de uno o de la irracionalidad y bestialidad de otro, no podemos cambiar el pasado, pero si la única vía de trasformación es la lucha y la educación, debemos hacer el compromiso, es de, por y para nosotras. Enseñar a los niños, que ser un acosador de cuello blanco, aquél que no toca o no dice piropos, puede también incomodar y dañar con pensamientos y costumbres indecentes.

Tenemos la fuerza, el coraje y las ganas, hoy en el mundo ya no se trata de imponer sino de entender que tanto nosotras como los hombres, somos indispensables para nuestra existencia y que el valor de uno no es y no debe ser mayor que el del otro y sin importar el género o la preferencia sexual, el respeto debe imperar en todos.

 

 

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