Hasta para valer madre vales madre

Alejo debía aproximadamente trescientos cuarenta mil pesos al banco y ya ni uñas tenía para comerse por la desesperación.

Eran aproximadamente las cuatro de la tarde cuando se le ocurrió mirar desde la terraza del séptimo piso del edificio donde trabajaba, cuando tuvo la grandiosa idea: “voy a pedirle dinero a mi suegro” entonces una paloma alzó las alas y echó a volar, y como si fuera una señal, a mitad del vuelo, la paloma cayó, haciéndose completamente mierda. “Mejor me suicido” pensó Alejo. Se acercó al barandal que dividía la vida triste de un trabajador endeudado y la muerte de lo que parecía haber sido un pedazo de estiércol. Alzó las manos como imitando a “Rouse” en el titanic, y como no apareció “Yack” para sostenerlo, y las alturas le daban vértigo, bajó de aquél barandal más frustrado que cuando subió “es que, si me arrepiento ya que esté cayendo. Mejor me aviento a las vías del metro”. Y así fue como abandonó su trabajo. Decidido a terminar con su vida, caminó hasta su pequeño cubículo, tomó su saco, celular y cartera y sin decir por lo menos un “hasta luego” salió corriendo del edificio. Mientras bajaba las escaleras pensó si habría sido una buena idea dejar por lo menos una nota explicando su fallecimiento, pero nunca fue bueno para escribir y mucho menos para despedirse. Una vez en la primaria, cuando escribió una carta según él para terminar con su novia, la terminó enamorando más, tanto, que ahora es su esposa. Quizá fue ese sentimiento de culpa que provoca el amor fingido lo que llevó a Alejo a comprarle en abonos chiquitos la camioneta azul marino a su mujer, sin importarle los intereses.
Llegó al metro; línea rosa dirección Pantitlán. “Uno, por favor” y la señora del otro lado de la ventanilla, muy amable, le aventó el boleto sin regalarle una mirada. Deberíamos mirar a las personas más a los ojos, quizá podríamos salvarlas del suicidio. Sintió un golpe profundo en el pecho, como de desprecio, como cuando era buleado en la secundaria porque lo descubrieron cantando a Ricardo Arjona “qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida” y Alejo con los ojos a punto de la lágrima. Ese golpe que a todos se nos hace conocido como cuando eres el último que queda para escoger y prefieren jugar cuatro contra cinco. Aquel vacío en las entrañas y tan familiar lo único que provocó fue aumentar las ganas de acabar con su existencia. Miró primero la línea amarilla que asemeja la frontera de un infierno eléctrico y aplastante, de otro infierno igual de aplastante, pero con uno que otro agarrón de nalga. Miró hacia el túnel, escuchó aquél silbido parecido al del carrito de los camotes, el corazón se le aceleró – “genial, mejor morir de un infarto que aplastado” – cerró los ojos, dio un paso hacia adelante, sostuvo la respiración y se dejó caer. Una mano lo sostuvo del saco “Señor ¿está bien? Casi cae a la vías.” Y el metro pasó, quedando la puerta frente de sus ojos. “Gracias, estoy bien” contestó.
“Uno no puede salvarse dos veces de la muerte el mismo día. No debe ser tan grave. Todo se soluciona con regresar la camioneta, cambiar a los niños a una escuela pública y reducirle la mensualidad a mi madre.” Fue como tomar un segundo aire. Bajó en la estación Tacubaya. Miró hacia el cielo como en señal de agradecimiento al ser divino que seguramente le salvó la vida. Cruzó la calle, ignorando el puente peatonal, cuando su celular sonó: era su mujer. Dispuesto estaba a contestar cuando un automóvil pasó encima de él fracturando su cráneo en tres partes dejando la masa encefálica expuesta.
El auto se dio a la fuga. Los chismosos dicen que fue una mujer hablando por teléfono. No alcanzaron a ver las placas pero dijeron que fue una camioneta azul marino.

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